En los Juegos Olímpicos de Atlanta 1996, la gimnasta estadounidense Kerri Strug hizo historia al realizar su salto final con un tobillo fracturado. Esa actuación heroica le dio a su equipo la medalla de oro y se convirtió en uno de los momentos más icónicos del deporte.

Con el equipo estadounidense necesitando una última ejecución perfecta, Strug se lanzó al aire pese al dolor. Aterrizó en un solo pie, sostuvo la posición y cayó segundos después.

Su gesto conmovió al mundo: el entrenador Béla Károlyi la alzó en brazos mientras el público la ovacionaba.

“Sabía que si no lo intentaba, me lo reprocharía toda la vida”, recordó años más tarde la atleta.

Aquella imagen de entrega total trascendió el deporte y se transformó en símbolo de coraje, determinación y espíritu olímpico.

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