Este fin de semana, millones de personas en más de 2.600 ciudades estadounidenses —y también en algunas capitales europeas— salieron a las calles bajo el lema “No Kings” (“No a los reyes”) para denunciar lo que consideran un giro autoritario de la segunda administración Trump.

Las manifestaciones se desarrollaron en un contexto de tensión política creciente en los Estados Unidos. Bajo el lema “No Kings”, miles de ciudadanos se congregaron en lugares emblemáticos como Times Square en Nueva York, el “Mall” en Washington D.C., o el Grant Park de Chicago, para expresar su rechazo a lo que perciben como una acumulación de poder del Ejecutivo y vulneración de contrapesos institucionales.

Los organizadores del movimiento lo describen como una respuesta ciudadana frente a una agenda que incluye redadas migratorias, despliegues de la Guardia Nacional, ataques a la prensa y cuestionamientos al sistema judicial. En medio de un cierre parcial del Gobierno federal que ha afectado servicios públicos, la movilización ha sido interpretada también como una alarma frente a una “deriva autoritaria” que atentaría contra los principios republicanos del país.

Entre los elementos simbólicos de la protesta, el amarillo fue el color recomendado por los organizadores, en alusión a movimientos prodemocráticos globales como el de Hong Kong. En tanto, los manifestantes exhibieron pancartas con eslóganes como “Resiste al fascismo” y “Nada es más patriótico que protestar”, subrayando que la movilización busca reivindicar la participación democrática activa del pueblo frente al poder.

La escala y simultaneidad de los actos —realizados tanto en ciudades mayores como en localidades más pequeñas del país— refuerzan la percepción de que la protesta trasciende una simple oposición partidaria para convertirse en un movimiento amplio de descontento cívico. Queda por ver si esta ola de movilizaciones culminará en cambios concretos en la política estadounidense o simplemente dejará una foto simbólica de resistencia.

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